Entre una reunión y la siguiente, entre el momento en que terminamos de cocinar y el momento en que empezamos a comer, entre el final de una tarea y el comienzo de otra… hay pequeños espacios vacíos. La mayoría de las veces los llenamos con el teléfono o con prisas. Pero también podemos usarlos de otra forma.
La respiración es una herramienta que siempre llevamos con nosotros. No requiere preparación, ni espacio, ni tiempo extra. Solo requiere que decidamos detenernos unos segundos y prestarle atención.
1. La respiración de tres tiempos
Es la más simple de todas. Inhalas contando hasta tres, retienes contando hasta tres y exhalas contando hasta tres. Se puede hacer con los ojos abiertos o cerrados, sentado o de pie, en cualquier lugar.
Nos gusta usarla cuando pasamos de una actividad a otra. Por ejemplo, después de cerrar el ordenador y antes de empezar a preparar la comida. Es como pulsar un botón de “reset” mental muy suave.
2. La exhalación larga
A veces no necesitamos una técnica complicada. Solo necesitamos exhalar más tiempo del que inhalamos. Intentar que la exhalación dure el doble que la inhalación ya cambia la sensación del cuerpo.
Esta práctica es especialmente útil cuando notamos que vamos con prisa interna, aunque en realidad no tengamos prisa real. La exhalación larga actúa como un freno natural.
3. Respiración con atención al cuerpo
En lugar de contar, podemos simplemente notar. Notar cómo entra el aire por la nariz, cómo se mueve el pecho o el vientre, cómo se siente el cuerpo al soltar el aire.
Esta forma de practicar no busca “conseguir” nada. Solo observa. Es sorprendentemente difícil al principio porque la mente tiende a irse a otro lado. Pero con el tiempo se convierte en un pequeño refugio.
4. Una respiración consciente antes de comer
Una de nuestras favoritas. Antes de empezar a comer, tomamos tres respiraciones conscientes. No tiene que ser largo. Solo tres respiraciones en las que realmente estamos presentes con el plato que tenemos delante.
Este pequeño ritual cambia la experiencia de la comida. Hace que prestemos más atención al sabor, a la textura, al olor. Y también nos ayuda a comer con más calma, aunque tengamos hambre.
Lo bonito de estas pausas es que no necesitan ser perfectas. A veces solo conseguimos una respiración antes de que la mente se vaya. Otras veces conseguimos tres o cuatro. No importa. Lo que importa es la intención de crear un pequeño espacio entre las cosas que hacemos.
Con el tiempo, estos micro-rituales van tejiendo una sensación diferente del paso del día. No se trata de hacer más cosas. Se trata de estar un poco más presente en las que ya hacemos.